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ARTICULO: ¿Por qué matarlas, si ellas te dieron la vida?

POR: RAFAEL MENDEZ Hay preguntas que duelen solo con pensarlas. Esta es una de ellas. ¿Por qué un hombre levanta la mano, el arma, o el odio contra una mujer… cuando fue precisamente una mujer quien le dio la vida? No hay justificación posible. Ninguna. Ni los celos, ni el orgullo herido, ni la rabia, […]

POR: RAFAEL MENDEZ

Hay preguntas que duelen solo con pensarlas. Esta es una de ellas. ¿Por qué un hombre levanta la mano, el arma, o el odio contra una mujer… cuando fue precisamente una mujer quien le dio la vida?

No hay justificación posible. Ninguna. Ni los celos, ni el orgullo herido, ni la rabia, ni el abandono. Nada convierte la violencia en una respuesta válida. Matar a una mujer no es un acto de amor frustrado, es un acto de cobardía extrema, de incapacidad emocional y de profunda desconexión con la humanidad.

Muchos de los hombres que hoy están presos, o que cargan con la sangre de una mujer en sus manos, también tuvieron una madre que los cuidó, que los alimentó, que los protegió. Una mujer que quizás soñó con verlos convertirse en hombres de bien, en protectores, en ejemplo… no en verdugos.

Entonces, ¿en qué momento se pierde el rumbo?
¿En qué punto el amor se transforma en control, la admiración en posesión, y la relación en una sentencia de muerte?

La raíz está en una cultura que por años ha normalizado el machismo, que ha enseñado a muchos hombres a creer que la mujer les pertenece, que pueden decidir sobre su vida, sus decisiones, su libertad. Se les ha enseñado a reprimir emociones, a no saber manejar el rechazo, a ver la ruptura como una humillación en lugar de una decisión válida.

Pero basta ya.

Ser hombre no es imponer miedo.
Ser hombre no es controlar ni dominar.
Ser hombre no es destruir.

Ser hombre es respetar, es entender que una mujer no es propiedad de nadie, que tiene derecho a irse, a decir que no, a rehacer su vida, a vivir sin temor. Ser hombre es saber perder, es retirarse con dignidad, es controlar los impulsos antes de que estos destruyan todo a su paso.

Cada vez que una mujer es asesinada, no solo muere ella. Muere una hija, una madre, una hermana, una amiga. Se rompe una familia, se marca una sociedad, se deja un vacío imposible de llenar. Y todo por decisiones que pudieron evitarse.

Este mensaje no es solo para quienes han cometido estos actos, sino para todos los hombres: revisemos nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestras creencias. Eduquémonos emocionalmente. Busquemos ayuda si no sabemos manejar la ira o el dolor. Hablar no nos hace débiles, nos hace responsables.

Porque al final, la pregunta sigue siendo la misma… y debería perseguirnos hasta cambiar:

¿Por qué matarlas, si ellas te dieron la vida?